23 October, 2019

IZQUIERDA

Hoy, el discurso de buena parte de la izquierda parece pendiente tan sólo del color ideológico. A su adversario no cabe reprocharle que destruya puestos de trabajo, que ponga la Seguridad Social en bancarrota, que dificulte o dinamite el diálogo social, que enmascare la corrupción, que menoscabe las libertades ciudadanas, no cabe reprocharle tales barbaridades, pero basta con poder echarle en cara el ser de “derechas”, el colmo de todos los males, frente a una “izquierda” que fue, que es y que será -por mucho que pretenda cambiar, y lo consiga o no- la agregación de todos los bienes.

Este es -a mi juicio- el a priori mejor conservado por la izquierda, su patrimonio más celosa y fervientemente conservado: el nombre. Pero lo que significa pertenece al arcano. Los que se denominan de izquierdas y se apuntan a este tipo de discurso nominalista seguirán discutiendo sobre siglas, mientras la conciencia social nos exige eficiencia en la gestión, rigor y coherencia en el discurso y claridad en las cuentas.

¿Qué representa la izquierda? Desde luego que la lucha por la justicia, y la justicia incluye la igualdad. Ciertamente no el igualitarismo. Es decir, a estas alturas no se trata de que todos tengan lo mismo. Se trata más bien de que haya una distribución proporcionada de la riqueza y de que unos pocos no acumulen todo, dejando en la indigencia a todos los demás. Pero la izquierda es también la capacidad de innovación y de cambio y de adaptación a las nuevas circunstancias económicas, respetando la iniciativa de los ciudadanos.

La izquierda, han dicho, representa también la libertad. Podría afirmarse que izquierda, según este punto de vista, es libertad, porque nadie tiene un compromiso tan importante con la libertad como la izquierda. Porque la libertad no puede confundirse con sus sucedáneos. Y fuera de la izquierda lo que se puede encontrar son apariencias de libertad -no la libertad auténtica- que se defienden por ignorancia o por mezquinos intereses personales o de grupo. La izquierda significa también, para estos fundamentalistas, la protección del débil, del desamparado, del desprotegido, frente al opresor y al abuso del poderoso. Cuando desde fuera de la izquierda se dice defender lo mismo, lo único que se está haciendo es engañar, defraudar espectativas para asegurarse clientelas. La izquierda significa el progreso, el avance social y económico, frente al conservadurismo, el retroceso, la defensa del interés de los ricos, que representan las formaciones que no son de izquierdas. Con estos supuestos desde luego que es innegable que la inmensa mayoría de los ciudadanos son de izquierdas, y probablemente la parte más importante de esa mayoría sin saberlo. Yo mismo era de izquierdas y no me había enterado.

Es más, creo que podría ir más lejos y decir que quien no es de izquierdas -siendo eso la izquierda- es un inconsciente, un insolidario, un incivil, incluso –si fuera capaz de decirlo sin que sonara agrio- un imbécil. Empleando el lenguaje de algunos izquierdistas afirmaría, para resumir, que es de derechas. Porque ¿qué queda para la derecha? Pues el resto: la injusticia, el abuso, el autoritarismo, la involución, el atraso, el neanderthal.

Podrá parecer a algunos una burla. Pero si así fuera es que la izquierda no es lo que se dijo. Las palabras pueden engañar, pero los hechos son más tercos que ellas. ¿Qué es, entonces, la izquierda? ¿La buena intención?, ¿el arrebato solidario?, ¿el fervor justiciero?…Las cualidades éticas no son patrimonio exclusivo de ningún grupo político o social o ideológico. Quien afirme lo contrario se habrá apuntado, de la hoz a la coz, al sectarismo.

En alguna medida, el desconcierto que caracteriza a la situación presente de la izquierda trae su causa de que realmente sus profecías no sólo no se han cumplido sino que dónde se han probado sus propias esencias, el punto de la amargura y la deshumanización han sido sus efectos más conocidos. Por ello, hoy no parece aventurado afirmar que la izquierda no es más que un sentimiento o una sensibilidad.

Entonces, si la izquierda carece de una teoría del conocimiento adecuada y no pudo contrastar sus principios, resulta que está incapacitada para analizar la realidad. Por ello, antes intentaba transformarla según pulsiones de historicismo activo; ahora sólo pretende ocultarla, disfrazarla y adecuarla a sus sentimientos y debilidades. Es más, la izquierda no es más que un buen sentimiento a favor de la justicia social y de un mundo más libre e igualitario. De ahí que ahora resulte, insisto, que todos somos, sin saberlo, de izquierdas. Si así fuera, no pasaría nada. Pero ese manto de angelical ingenuidad de sentimientos resulta que recubre una auténtica perversión moral que ha provocado la más lacerante liquidación del sentido de la responsabilidad personal.

La izquierda -lo digo con el mayor respeto a quienes han empeñado su vida en sus ideales, pero también hacia quienes han sufrido las mayores injusticias en su nombre- no es sino una palabra poética, llena de sugerencias para los que militan en sus filas. Pero el trasunto de esa palabra, su sustancia, está en las soluciones, en los programas, en los métodos. Y ahí, en ese terreno, ¿dónde está la diferencia? Quien no pueda responder cabalmente a esa pregunta que deje de importunar a quienes no somos de izquierdas con el discurso eterno de la derecha imaginaria y la izquierda beatífica.

Jaime Rodríguez-Arana

Catedrático de Derecho Administrativo.

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